VERDADEROS HIJOS DE DIOS.
1 Juan 3:5 Y ustedes saben que Jesús vino para quitar nuestros pecados, y en él no hay pecado. 6 Todo el que siga viviendo en él no pecará; pero todo el que sigue pecando no lo conoce ni entiende quién es él. 9 Los que han nacido en la familia de Dios no se caracterizan por practicar el pecado, porque la vida de Dios está en ellos. Así que no pueden seguir pecando, porque son hijos de Dios. 10 Por lo tanto, podemos identificar quiénes son hijos de Dios y quiénes son hijos del diablo. Todo el que no se conduce con rectitud y no ama a los creyentes no pertenece a Dios.
En el momento de la creación del mundo, el pecado no existía. Sin embargo, una vez que la transgresión irrumpió en la perfecta obra de Dios, se adueñó por completo del mundo, atrapando y cautivando a la humanidad en su totalidad. El pecado estableció una profunda enemistad entre Dios y el hombre, ya que la humanidad, lamentablemente, prefirió el pecado antes que a su Creador. Pero Dios, en su infinita misericordia y amor inmutable, siempre buscó incansablemente la forma de redimir al hombre, anhelando ofrecerle la posibilidad de regresar a sus brazos protectores. La única vía para esta redención era que alguien ocupara el lugar del pecador, asumiendo el castigo que este merecía.
En el sistema expiatorio del Antiguo Testamento, se ofrecía un cordero sin defecto como sacrificio por el pecado. Sin embargo, esta expiación nunca fue plenamente perfecta, pues solo brindaba una oportunidad a aquellos que conocían y se sometían a la ley. El resto del mundo permanecía condenado por sus transgresiones. Fue entonces, en su inmensa misericordia, cuando el amor de Dios se derramó sobre toda la humanidad al enviar a su Hijo amado a este mundo, Jesucristo, para redimir al mundo pecador. Él es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Gracias a que llevó una vida sin mancha y se inmoló por nuestros pecados, somos ahora capaces de experimentar un perdón completo y total.
Para acceder a este don de la redención, el hombre debe aceptar el sacrificio de Jesucristo, renunciar a la antigua vida de pecado y abrazar la nueva vida en Cristo. Aun después de haber recibido a Cristo, el creyente a menudo sigue batallando con hábitos pecaminosos que resultan difíciles de vencer. A pesar de la dificultad que esto pueda representar, es imperativo luchar contra esas inclinaciones, pues ya no pertenece a este mundo, sino que es parte integral de la familia de Dios. Como hijos de Dios, el creyente debe esforzarse por reflejar las características de su nueva naturaleza divina, la cual comparte con Jesucristo. El comportamiento y las acciones que manifiestan las personas revelan su verdadera filiación espiritual, es decir, si pertenecen al reino de los cielos o al reino de las tinieblas.
Cuando una persona practica la justicia, demuestra ser justa, al igual que Cristo es justo. Por el contrario, cuando alguien persiste en el pecado, evidencia que su verdadera afiliación es con el diablo, quien ha pecado desde el principio. La justicia no es meramente una creencia intelectual, sino una práctica diaria y visible. Hacer lo correcto es la evidencia tangible de ser justos como Cristo. Por contraste, si el pecado persiste en la vida de un individuo que ha recibido a Cristo, este sigue estando, en cierto modo, alineado con el diablo. Por eso, los verdaderos hijos de Dios no se escudarán en la debilidad de su carne para seguir pecando; más bien, buscarán la fortaleza inagotable en Jesucristo para vivir en conformidad con la nueva vida que les fue concedida: una vida libre de las ataduras de Satanás, una vida separada de la vieja naturaleza y de los malos deseos. El verdadero cristiano vive apartado de los deseos pecaminosos, dedicando su existencia a agradar a Aquel que lo rescató de las tinieblas del pecado y le otorgó la entrada a los reinos celestiales, a la morada misma de Dios Padre.
